3 de diciembre de 2011

Un vaso de leche, por favor


El protagonista de esta historia no tiene nombre, al menos yo no lo conozco, pero durante unos minutos sentí el mismo aprecio por él, como si fuera un amigo de toda la vida.

Estaba en una cafetería donde entramos mi acompañante y yo. Momentos antes habíamos adquirido un árbol diminuto de navidad, el anterior se jubiló el año pasado. Decidimos tomar algo caliente tras nuestra caminata. 

En el interior, sólo había una pareja de hombres charlando, las dos camareras y un chico, extremadamente delgado. Llevaba en la mano un par de churros envueltos en una servilleta junto a otros alimentos que no acerté a adivinar.

Mi acompañante había dejado su monedero un instante sobre la mesa. El chico delgado, comenzó un discurso repetitivo con  un tono de voz bajo. Apenas le entendía y mi mirada iba de la mesa a sus ojos, y de sus ojos a la mesa.

Entre nerviosa y seca le espeté "no tengo dinero, estoy en paro" y clavé mis ojos en los suyos.

Su respuesta fue: "no quiero dinero, sólo un vaso de leche"

El nudo en la garganta, la vergüenza y la impotencia se apoderaron de mi cuerpo. Mi acompañante le dijo que pidiera lo que quisiera que ya se pagaría. Sonrío y nos dio las gracias. ¡Incluso a mí!

También pedí un vaso de leche, pero estoy convencida de que no me supo tan bien como a él.

En la barra, podía observar cómo iba introduciendo en su vaso de leche con "Cola-Cao", magdalenas, trocitos de churro, tratando de crear un tetris comestible.

Cuando terminamos, con sabor amargo en la boca, le miré y le pedí perdón. "Pensaba que me pedías dinero y no tengo nada". Las chicas que trabajaban allí nos contaron que venía casi todos los días, pero sus jefes les habían prohibido darle de comer, además de estar vigiladas con cámaras.

"Cuando tenga un trabajo, te invitaré a lo que quieras", le dije en un absurdo arrebato, él me dio las gracias y sonrió como un niño pequeño. No había ni maldad, ni resentimiento en su mirada y me deseó suerte.

Ya en la calle, sólo quería llorar, pero una frase me interrumpió el desahogo: "ahora me ha pedido dinero para una barra de pan", era la voz de mi acompañante, mi madre, una santa. Una mujer sencilla, buena y que al contrario que otras, jamás le daría la espalda a una persona que quiere comer. Le sonreí  añadiendo: "si yo fuera él y me hubieras invitado a almorzar, también querría que me ayudaras con la comida de ese día"

Dedicado a todos los que sólo desean un vaso de leche, en este mundo raro.




Joana Sánchez

3 comentarios:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Entrañable relato, Joana. Tenes una pluma de ángel.

Anónimo dijo...

me has emocionado

Joana dijo...

Gracias lector fiel :-) y al anónimo. La calle es un guión sin fin.