3 de mayo de 2016

Y... le rescató

Caminó hasta la biblioteca. Sabía que él estaba dentro. Las piernas le temblaban, el corazón le latía tan fuerte que había olvidado ese sonido. Subió hasta la tercera planta sin éxito. Allí no estaba. Volvió a tomar aire, había entrenado la serenidad aquel largo mes, ahora no iba tirar la toalla. 

De pronto recordó la sala donde ella estudiaba años atrás, en aquella ciudad no invertían dinero en cosas útiles, y las bibliotecas lo son. 

Efectivamente la puerta que daba acceso estaba cerrada pero si caminabas por un estrecho pasillo te llevaba hasta otra entrada.

Allí estaba. De espaldas a ella. Se quedó quieta. El escuchó sus pasos y se giró, en milésimas de segundo se mezclaron sentimientos y emociones: amor, sorpresa, miedo, alegría, tristeza, rabia, felicidad… pero la sonrisa en los ojos de él respondió a todas sus dudas. 

La invitó a sentarse. Ella señalando una cartera mala, de esas que compras por un euro, le susurró que venía de arreglar unos papeles, y le sonrió también.

“¿Quieres que me vaya?”



El negó con la cabeza. No podía dejar de sonreír y de mirarla. ¡Había ido hasta allí a buscarlo! El que quería alejarse porque lo consideraba positivo para ella, para él… Le dijo que esperara fuera mientras recogía.

Ella entró un segundo al cuarto de baño, se secó unas lágrimas y se sentó en un escalón mientras bebía agua de su pequeña botella. Al cabo de unos minutos apareció él, y haciéndole un gesto familiar la invitó a subir unos escalones. Se puso en pie y obedeció. Ahora estaban a la misma altura. 

Entonces él le dio el abrazo más largo y profundo de la Historia. 

“Como no voy a estar enamorado de ti, si eres capaz de hacer estas cosas”.

Pero ella sólo pudo decir un “te quiero” y desear que alguien le pellizcara. ¿Aquello estaba sucediendo? Una relación de tantos años, de amor, de complicidad, de pocos convencionalismos y compromiso se había roto por un equívoco, por acumulación de desesperación por parte de él, tan brillante, tan bueno y sin conseguir las metas que se había trazado, pero estaba en el camino, en el buen camino.

Ella siempre había apostado por él. Desde el primer día. Chico listo. Diferente. Astronomía. Ciencia. La luna. Tesla. Tan educado. Sacado de otra época. Serio divertido. Interesado por la vida. Poco amante de lo que gusta a la mayoría que a ella también le aburría: fútbol, fiestas cuando no hay dinero para lo esencial…, aquellas virtudes, esa forma de entender el mundo desde la perspectiva de hacer el bien, ir por el buen camino fue lo que le sedujo de aquel chico tan alto que hubiera querido ser invisible.

Pero aquella historia llena de momentos especiales y sencillos no podía acabar así. El debía saber que su amor no era de obsolescencia programada. Ellos no. Lo suyo no. Seguía contando con su apoyo, y lo haría hasta el final. Ninguna película romántica podría superar aquel día, ese reencuentro, ese diálogo donde “te he echado de menos” fue lo que más se repitió. 

El amor era y es eso. Abrazos intensos. Miradas brillantes. Compartir mil cosas que se habían perdido el uno del otro. Besos. Rostros con más luz. Olvidar el reloj, las comidas, y pasear por el casco antiguo de la ciudad.

No había poema que superara los versos que se escribieron aquel mediodía que se unió con el inicio de la tarde. No se podían separar. “Esto no es normal”, repetía él, pero sí lo era, sí lo es. El amor todavía existe. Y va más allá de compartir unas salidas nocturnas, una copa, o que todo vaya bien a tu alrededor. 

El amor es hacer reír al otro, escuchar, escuchar de verdad, mirar hipnotizada sus manos cuando cuenta algo, importarte un rábano qué coche tiene, qué ropa lleva y sólo ver al ser humano tan bello por dentro y por fuera que tienes frente a ti. Y eso no se lleva, y eso no se comprende.

Se hicieron las cuatro y media y él la acompañó a una parada del tranvía. Como en una primera cita. Y al llegar el vehículo, se miraron de nuevo felices y excitados, él se giró y ella vio como se alejaba aquel gran hombre con su mochila de color verde más feliz, más convencido si cabe de que el amor por parte de ella era auténtico, siempre lo había sido pero aquel día había ido a rescatarlo y no al revés, y eso no se lo pudo quitar de la cabeza.



Joana 


2 comentarios:

ángel dijo...

¿Real o ficticio?

Joana Sánchez dijo...

:) Es una historia. Una bonita historia, lo demás, da igual. Gracias por comentar.